Es un poco tarde en la noche, pero al mismo tiempo, es muy temprano en el día. Pero nunca es demasiado tarde (ni demasiado temprano) para coger pedazos de mi mente y arrojarlos como dados al vacío. Rebotan estos trozos, rebotan en el vacío y me rebotan en la mente. Giran ellos un rato, y después yo soy el que gira. A veces yo los giro, y a veces ellos me giran a mi. Y la Noche, ella también sigue girando, sola y sencilla, como siguiéndome el juego. Ella me cae muy bien. ¿Por qué? Sencillo. Ella no hace preguntas molestas, solo se queda calladita y me acompaña a contar las estrellas. A veces pierdo la cuenta, pero por dicha está Noche y me recuerda cuantas llevaba. También me gusta quedarme viendo la Luna, porque yo se, con absoluta certeza, que un día me va a sonreir de vuelta. Ríanse un rato, pero esperen y verán. Por eso no me gusta tanto dormir de noche. Si me quedo dormido, me pierdo los rebotes, me pierdo los giros, las estrellas, pero, lo más importante, es que me pierdo la oportunidad de que la Luna me sonría. Tal vez ella ya me ha tratado de sonreir y yo estaba perdido en sueños. Sería triste pensar eso y más triste aún pensar que ahora ella sienta que no me agrada o que la estoy ignorando. Pero no creo, ella sabe que yo la quiero mucho, al igual que la Noche, que las estrellas, que los giros.
Lo malo es cuando la Noche se empieza a despedir y las estrellas me empiezan a abandonar. Yo siempre les grito que se queden un poco más, que aún no he logrado contarlas todas. Sin embargo ante esto me ignoran y siguen su camino, de una en una, alejando la oscuridad que las rodea. Por eso, solo hay algo que me irrita de la noche, y es, que a cada siguiente reunión, no hay forma de que ella recuerde cuantas estrellas llevaba. Por eso quiero que la Luna me eche una sonrisa, aunque sea discreta y tímida, porque yo se que cuando lo haga, la mía la va a cautivar. Y también, porque estoy seguro que ella si se va a acordar siempre de cuantas estrellas llevo. Entonces así yo podría, finalmente, contar todos y cada uno de esos intrigantes puntitos que bailan por ahí en la oscuridad. Y ahí, creo, el que se va a estar riendo voy a ser soy yo.
Lo malo es cuando la Noche se empieza a despedir y las estrellas me empiezan a abandonar. Yo siempre les grito que se queden un poco más, que aún no he logrado contarlas todas. Sin embargo ante esto me ignoran y siguen su camino, de una en una, alejando la oscuridad que las rodea. Por eso, solo hay algo que me irrita de la noche, y es, que a cada siguiente reunión, no hay forma de que ella recuerde cuantas estrellas llevaba. Por eso quiero que la Luna me eche una sonrisa, aunque sea discreta y tímida, porque yo se que cuando lo haga, la mía la va a cautivar. Y también, porque estoy seguro que ella si se va a acordar siempre de cuantas estrellas llevo. Entonces así yo podría, finalmente, contar todos y cada uno de esos intrigantes puntitos que bailan por ahí en la oscuridad. Y ahí, creo, el que se va a estar riendo voy a ser soy yo.
A veces me despierto, y la gente con cara rara me dice que mis ojos están girando. No le doy mucha importancia, pero si debe ser muy extraño toparse a alguien a quien le estén girando los ojos. Como si estos fueran un par de hoyos negros. Deben pensar que estoy un poco mal de la cabeza o cualquier cosa similar. Lo que ellos no saben es que mi cuerpo se ha despertado y está caminando en el día, pero mis ojos, ellos siguen en la Noche, girando, contando estrellas y sonriéndole a la Luna.