lunes 8 de junio de 2009

El Pintor

Me parece tan curioso como ella se especializa en encontrar las manchas negras en el corazón que con su amor pinté.
No me atrevería a decir que soy un experto, pero a la hora de darle color (darle vida) a su corazón soy excepcionalmente cuidadoso. No me molesta que me tarde una semana o más en escoger los colores (los recuerdos) que debo utilizar.
Tiene que quedar perfecto, ya que la obra en construcción (nuestro amor) es perfecta.
Reconociendo mi clara falta de habilidad, aclaro que la compenso con la dedicación con la que trabajo. ¡Los días pierden su nombre cuando en su corazón estoy laborando! Ahí el tiempo, y a veces ella, son la única compañía.
A medida que trabajo, y me esmero en lo que estoy haciendo, la motivación es tanta que sobra. Si es de esta obra que va a salir su bella sonrisa, ¿cómo no esmerarse?
Sin embargo, como no soy el mejor en esto, los errores de vez en cuando también me hacen compañía. Y ahí si me desmotivo, cuando una manchita, un color (un recuerdo) mal puesto, arruinan el trabajo de todo un mes. Es triste ver como tan fácilmente todos se dan cuenta de las manchas y no de lo demás.
¿Y a quién van a culpar? ¡Pues claro! Al pintor (el enamorado), no hay nadie más que pueda tener la culpa. Si tan solo recordaran que los pintores (los enamorados) a menudo cometemos errores. Si, ¡errores! Pero son estos los que nos llevan a la perfección. Son estos los que hacen que, con todos los colores (los recuerdos) vivos y muertos, al final la obra valga la pena.
Como buen pintor (enamorado) a menudo tropiezo con alguno de estos errores. Unos pequeños y otros más grandes, pero ninguno se ha cometido sin mi intento de repararlo. En la mayoría de las veces logro mi cometido, y si acaso un ligero rastro queda de mi error. Lo malo es que hay errores que hacen que ella, y los que les gusta hablar, pierdan fe en el pintor (el enamorado) y por lo tanto hacen que ella cierre las puertas de su corazón. ¿Qué trabajo podría hacer yo en un corazón cerrado?
A veces lo vuelve a abrir, pero a veces no... Hay veces que de una manchita diminuta ella la convierte en un horrible y tedioso parchón gris... gris, como los recuerdos (los colores) que no me gusta usar. Hay veces que se le va la mano, y de este parchón gris deja ella un hueco profundo y oscuro en la superficie de la obra. Nunca he entendido porque hace esto, si al final de cuentas es su corazón el lienzo en el que mi pincel (mi amor) trabaja.
Es tan triste como casi nunca voltean sus miradas para observar el buen trabajo que yo estoy realizando. Sin embargo, cuando la presencia del error se escucha, todos, sin excepción alguna, voltean a ver mi desgracia. Y no solo miran, también comentan. Sus voces solo me mencionan cuando el error es mi sombra. A veces de tanto hablar, la convencen a ella de cerrar su corazón otra vez.
Puedo decir que a veces si siento los suaves cuchillos como me acarician la espalda. Pero a veces, cuando despierto, ya los tengo adentro. Bien clavados. Tan incómodos como mis errores. ¿Quién me los clava? Si lo supiera, esta pluma ya los habría atacado. Pero como no lo se, estas líneas serán la máxima expresión de ofensa que haré en su contra. Es sutil, al igual que sus cuchillos. Sin embargo, las dagas si duelen. Las palabras tienen filo.
Como decía, nadie mira el buen trabajo, solo el malo. Duele cuando ella también cae en ese error. ¿Por qué le gustará tanto ver las manchas de mi trabajo, si es por ella que lo estoy haciendo?
Suena sacrificado el oficio del pintor (el enamorado) y aunque si lo es, casi siempre paga. Casi siempre. Es duro tragar el amargo sabor de la culpa, arreglar manchas grises y arrastrarse rogando para que abran las puertas y lo dejen a uno trabajar. Mi contrato es un sentimiento vivo y mi oficio no es una obligación. Pero a veces ella se encarga de que se sienta así, como si fuera un castigo, una pena.
Ser un pintor (un enamorado) es una elección completamente independiente. Nadie nunca debería olvidar eso. En cualquier momento yo podría abandonar mi trabajo. No dejaría de ser un pintor (un enamorado) ya que una vez que se aprende el oficio, nunca se deja de practicarlo. Pero si dejaría de trabajar en su corazón. Lo hermoso es que por más que ella no me deje seguir en su corazón, yo siempre voy a seguir siendo un pintor (un enamorado).
¿Quedaría inconcluso mi trabajo? Jamás. El trabajo nunca se termina, ya que siempre se puede mejorar. Por lo tanto siempre van a haber errores que arreglar, culpa que tragar, manchas que tapar. Siempre van a haber bellos colores (recuerdos) que agregar.
Por más sacrificado que mi oficio sea, a mi me encanta pintar en su corazón. A veces ella lo hace más difícil de la cuenta, pero siempre por dicha logro superar todas estas adversidades. Me gustaría de vez en cuando darme cuenta que ella nota mi trabajo y que le gusta. No ver que ella solo se percata de mis errores. Sería una triste realidad que ella no se de cuenta de mi labor. A veces parece ser cierta, pero a mi me gusta pensar que a ella le gusta lo que hago.
Por eso seguiré reparando errores hasta que me despidan, o, hasta que llegue el triste día en que por una pequeña e inocente manchita, este pintor (este enamorado) se harte de pintar (amar) y finalmente renuncie.

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